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Desde hace algún tiempo algunos expresan que la tecnología deshumaniza, y hoy, en un camino de cerca de 40 años abordado por la UNAD, podemos firmemente cuestionar tal afirmación. 

En 1943 el escritor francés Antoine de Saint-Exupéry, autor de “El Principito”, universalizó una profunda reflexión que nos hace preguntar qué es lo más importante en la vida: “Lo esencial es invisible a los ojos”.

Quienes, como quien les escribe estas líneas, hemos actuado como padres, docentes y directivos universitarios, y hemos dedicado nuestra vida a hacer de la educación el eje transversal de la transformación humana, debemos evaluar si las responsabilidades que se nos han encomendado se han cumplido íntegramente.

Primero, porque la razón del ser está centrada en la felicidad, y porque la felicidad no es otra cosa que alcanzar metas nobles para la realización personal y colectiva, en especial de convivencia armónica, de respeto al desarrollo de los demás, y de las fronteras personales, sociales y legales, entre otros, pues estos son aprendizajes que no se captan en un certificado, una nota o en un título universitario, sino que (de forma invisible) se llevan tatuados en la piel y en el alma como producto de una vida coherente entre el ser y el deber ser.

El verdadero espíritu universitario permite afianzar proyectos de vida que alcanzan sus metas cuando damos sentido a lo aprendido, y a comprender que el servicio a los otros es la mejor forma de trascender.

Esto nos ha llevado, en la UNAD, a ir más allá de ver la titulación de nuestros estudiantes como un logro profesional; la cobertura como un reconocimiento nacional; y el aprendizaje sólo como una realización personal. Estos son sólo síntomas del deber ser de nuestro proyecto educativo. Su real concreción se da con la transformación solidaria de ese estudiante que nos ha confiado su proceso formativo, para que con nuestras orientaciones busque su trascendencia como ser social, ser profesional y ser, ante todo, buen ciudadano.

Así que poco orgullo nos podría dar tener la más alta cobertura de universidad alguna, llegar a los más recónditos rincones del país, e impulsar pedagogía y tecnología propias para garantizar el aprendizaje, si por falta de acción humana, nuestra labor como formadores determina que nuestros miembros de la comunidad educativa no logran identificar el valor fundamental de comprometerse con lo esencial de la vida, que es la vida misma, pero en clave de felicidad y bienestar.

Es cierto que hemos avanzado con una inusitada rapidez en la innovación organizacional. Hoy contamos con más programas, mayor cobertura en zonas y centros regionales, mayor cualificación de nuestros docentes, más estudiantes, más certificaciones derivadas del logro de indicadores en la gestión, y un mayor reconocimiento nacional e internacional. También es cierto, que, gracias a nuestro innovador modelo educativo y a la calidad certificada en los contenidos y metodologías, miles de colombianos han podido dar un salto cualitativo en sus condiciones de vida material, sus ingresos salariales y ubicación laboral y de emprendimiento, producto del aprendizaje y competencias adquiridas en la UNAD.

Pero, paradójicamente, eso no es lo más importante para la UNAD.

Cada persona de nuestra comunidad, estudiante, docente, egresado, servidor, directivo… debe hallar en nuestras palabras, pero esencialmente en nuestras actuaciones y logros, el ejemplo necesario para comprender que este nuevo modelo de Universidad es un hogar de convivencia, de respeto, de compromiso y de aprendizaje y práctica permanente de valores éticos.

Como Unadistas debemos, metafóricamente hablando, llevar tatuado en la piel y en el espíritu, el significado de nuestros 10 valores axiológicos, empezando por el primero, que señala que “En la UNAD creemos en el poder restaurador de los valores, la ética, el respeto, la disciplina, el debate, la concertación y la conciliación entre los miembros de nuestra comunidad universitaria y con otros actores sociales del país”.

Somos, ante todo, humanos y debemos hacer vibrar nuestra humanidad, porque, siguiendo la versión tomista de la filosofía occidental medieval, confirmada por otras tantas interpretaciones filosóficas, somos seres imperfectos, inacabados, pero perfectibles, y con capacidad de ser siempre mejores.

Esto significa que cometemos errores. La Universidad debe constituir un escenario en el que el error sea una oportunidad de aprendizaje, para no repetirlo jamás. Esa es la riqueza de la vida universitaria: aprender del otro, con el otro, y mostrar el camino del aprender a aprender al otro.

Allí es donde verdaderamente hay esencia universitaria. La ciencia, las ideas, la verdad, las posiciones encontradas son solo supuestos racionales que enriquecen la razón. La convivencia, el respeto, el rigor, la disciplina, el compromiso, la fe en el otro, la apuesta por un país mejor, el ver al otro como un yo extendido, y el diálogo enriquecedor en medio de la diferencia son, entre otros muchos, elementos invisibles a los ojos, pero visibles al corazón, al afecto, a la pasión por un mejor mañana y un mejor país, y eso -aunque no sea común decirlo en un ambiente racional como el universitario - a veces es tan o más importante que las propias ideas, pues son su concreción.

Relacionarnos con una comunidad cada vez más comprometida, solidaria con sus integrantes, respetuosa de la diferencia, preocupada por el bienestar de los demás, por su salud física, espiritual, afectiva y psicológica, entre otros aspectos, y con una denodada tenacidad para alcanzar los objetivos de vida, para contribuir al crecimiento conjunto, deben ser parte del sello indeleble Unadista.

Es una convicción, es una realidad, es la vida misma, la que no registran los datos, ni las evaluaciones de calidad, ni los indicadores estadísticos, pero que nos da más satisfacción, y por la que vale la pena apostar, para mejorarnos a nosotros mismos, corregir fallos, aprender, pedir perdón o perdonar, y contribuir a darle un prometedor presente a este país que tanto lo necesita.

Porque si bien el conocimiento nos abre las puertas y nos da prestigio, son los valores éticos, la coherencia entre el discurso y la práctica, y las causas comunes, las que dan unidad y sentido a la vida. Esa es nuestra apuesta.

Cuento con Ustedes, así como espero humildemente que ustedes cuenten conmigo.

 

Atentamente,

Jaime Alberto Leal Afanador

Rector

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